The Story

 

 

 

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CHAPTER ONE

 

He had saved hundreds of lives. He had vanquished mythical demons, slayed dragons, defeated hordes of invaders, creatures of untold horror. As a gamer, he had brought peace to Earth many times. But this day was different. Nothing he had done before had prepared him for the mess in which he found himself. This was real life.

 

It was Thanksgiving, the one this twenty-two year old would never forget. It dwarfed Armageddon.

 

That’s what LMU junior Clayton Gaines realized as he hid from his relatives and other dinner guests at his parents’ home. The truth was he didn’t want to see or talk to anyone until the Xanax he stole from his mother’s medicine cabinet kicked in.

 

Under the best of circumstances Clayt hated being trapped with relatives. Mercifully, like the flu, he only endured this gut-retching once a year.

 

“Hey Clayt. How’s it going?”

 

Clayt was caught between his mother’s shabby chic credenza and his father’s oft’ confused brother, Uncle Earl. He replied with a unique smile, somewhere between absent and a deer in the headlights.

 

“Uncle Earl.”

 

“Damn, Clayton, you’re almost as tall as your dad. College obviously agrees with you. What are you studying?”

 

“Majoring in height with a minor in genetics.”

 

Clayt couldn’t help himself. It was true that in the last 18 months he had changed quite a bit. Sort of a late bloomer. Since high school he went from a rather rotund 5’8” chunker to his current 6’1” and a very solid 182 pounds foundation. His metamorphosis was certainly a welcomed, if not astonishing transformation.

 

Gone was the smooth baby face, replaced with a manly, trendy scruff. The only change he hadn’t experienced was in his eyes. They were still sultry, as tropical blue as Caribbean waters. When he smiled they illuminated through his long, dark eyelashes. It was as if they were powered by two ‘D’ batteries. To Clayton’s own acknowledgement, practically overnight he went from an also-ran nag to a champion thoroughbred. Whether he could emotionally handle that sudden change was still TBD.

 

CAPITULO 1

 

Él había salvado cientos de vidas. Él había eliminado demonios míticos, extinguido dragones, derrotado hordas de invasores, criaturas de horror indescriptible. Como jugador, él trajo paz a la Tierra muchas veces. Pero este día fue diferente. Nada de lo que había hecho antes le preparó para el lío en el que se encontraba. Esto era la vida real.

 

Fue el día de Acción de Gracias, un día que este joven de veinte y dos años nunca olvidará. En comparación, Armagedón quedó pequeño.

 

Eso es lo que Clayton Gaines, un Junior en LMU, se dió cuenta mientras se escondía de sus familiares y otros invitados a la cena en casa de sus padres. La verdad era que no quería ver ni hablar con nadie hasta que el Xanax, que robó del botoquín de medicinas de su madre, le empezara a hacer efecto.

 

En lo mejor de los casos Clayt odiaba sentirse atrapado en medio de parientes. Ventajosamente, así como una gripe, tenía que tolerar tal suplicio solo una vez al año.

 

"Hola Clayt. ¿Cómo te va?"

 

Clayt estaba atrapado entre el estante chic y mal tenido de su madre y el confundido hermano de su padre, Tío Earl. Replicó con una singular sonrisa, sintiéndose entre medio ausente y como un venado al frente de los faros prendidos de un auto.

 

 "Tío Earl"

 

"Maldito sea!, Clayton estás casi tan alto como tu padre. Obviamente la Universidad te ha sentado bien. ¿Qué es lo que estudias?

 

"Me especializo en estatura y llevo una segunda opción en genética".

 

Clayt no pudo evitarlo. Fue verdad que en los últimos 18 años el había cambiado bastante. Como si fuera de madurez atrazada. Luego de sus estudios secundarios el pasó de ser un rotundo gordito de 5 pies y 8 pulgadas de alto a tener la estatura actual de 6 pies y 1 pulgada y una base sólida de 182 libas de peso. Si su metamórfosis no fue deslumbrante, fue por lo menos una tranformación bien recibida.

 

Habían desaparecido sus facciones de bebe y fueron reemplazadas con otras varoniles y bien al día. Lo único que no había cambiado eran sus ojos.  Estos permanecieron tan azules como las aguas tropicales del Caribe y cuando sonreía ellos se iluminaban a través de sus largas y oscuras pestañas. Era como si estuviesen recibiendo energía de unas baterías tamaño D. Por su propio reconocimiento, y prácticamente de un día al otro, el  pasó de ser un común corridor.

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